La Europa que yo sueño

General Junio 2nd, 2005

He leído ya unos cuantos blogs con comentarios sobre la euroconstitución y parece que hay cierto consenso en que los aspectos que la Constitución mejora son puramente cuestiones técnicas, que afectan al funcionamiento de las instituciones europeas, pero no son de aplicación necesariamente para los ciudadanos de a pie, como por ejemplo el sistema de mayorías necesario para la toma de decisiones en el Parlamento Europeo, terminar con la tontería de la presidencia rotativa, establecer la figura del Ministro de Exteriores de la UE con una política exterior común (algo que a mí se me antoja complicadísimo) y cuestiones similares.

Cuestiones que para mí, que soy novata en la materia, me parece que podrían haberse resuelto con una modificación del Tratado de Niza y para la que no había necesidad de montar todo éste espectáculo, para acabar como el Rosario de la Aurora.

En cuanto al contenido social del tratado, unos consideran que se pasa de liberal, y otros que se queda corto. Y he ahí el primer punto de conflicto, por el que va a ser mayoritariamente rechazado. No me extraña que lo consideren un fracaso: después de año y medio de trabajo, para parir 448 artículos, y resulta que no deja a nadie satisfecho.

Desde mi punto de vista, es muy diferente que los Estados renuncien a parte de su soberanía nacional, se eliminen carteras ministeriales innecesarias al asumir la UE las competencias y los Gobiernos (y los políticos con ellos) pierdan parte de su autonomía para legislar en el corto plazo, a que seamos los ciudadanos quienes renunciemos a derechos sociales históricos que tanto nos ha costado conseguir y al Estado del bienestar que tradicionalmente ha caracterizado a Europa, como punto intermedio entre el comunismo ruso y el ultraliberalismo estadounidense.

Que la guerra fría terminara con el triunfo del capitalismo no es motivo para liquidar la Europa social tal como fue concebida, no sólo como alternativa al comunismo, sino también a las dictaduras de corte fascista (dejémoslo en alternativa a las dictaduras, sin más).

En sus orígenes, Europa era una utopía, un “selecto club” al que, para pertenecer, habría que cumplir unos requisitos democráticos y sociales, que no se limitaban a los criterios de convergencia económica establecidos en Maastricht. Si la España de Franco hubiera cumplido los requisitos de inflación, deuda interna, paro, etc., no por ello hubiera sido admitida en el club. Europa era “mucho más que un club“, algo más que un simple mercado común.

Hoy ésos requisitos democráticos se están olvidando (se hará la vista gorda con más o menos disimulo para permitir la entrada de Turquía) y el espíritu social que caracterizaba a la Europa originaria se está diluyendo con la incorporación de toda una serie de países recién incorporados a la economía de mercado (y a la vida democrática también) y fervientes entusiastas de la doctrina neoliberal estadounidense.

No, ésta no es la Europa con la que yo sueño. Llámenme insolidaria por querer extender los derechos de que disfruto (elecciones libres, democráticas y justas, sin pucherazos; jubilación; prestación por desempleo; salario mínimo interprofesional; libertad de asociación y de sindicación; asistencia sanitaria universal; escolarización generalizada y gratuita…) a los aspirantes a miembros de la UE.

No desvirtuemos el proyecto original en aras de ampliar el mercado interno. Tratados de comerciales podemos firmar muchos. Pero pertencer a Europa debería significar algo más que éso.

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