Mercantilismo religioso
Iglesia, Religión y otras cosas de comer, Sociedad Mayo 29th, 2005
Cuando la agenda de periodistas y políticos está más aburrida que de costumbre, son los blogs de otros compañeros los que me inspiran algunos temas sobre los que escribir y así salir de la monotonía de la política española.
Hoy es CaraACara quien me inspira: en su blog postea sobre las comuniones desde el punto de vista de un cristiano de corazón. Yo, que de las religiones del corazón no entiendo, aportaré mi opinión desde el punto de vista de alguien que ve a la Iglesia Católica con los ojos de una incrédula sorprendida.
Desde el cristianismo practicante es habitual la queja de que, aunque más del 80% de la población se declare católica, es mínimo el porcentaje de ellos que acude a la Iglesia con regularidad, más allá de las celebraciones tradicionales: bodas, bautizos, comuniones… Digo yo que será por algo.
Creo que todavía deberían estar contentos de que aún sigan acudiendo a la Iglesia en ésas ocasiones, ya que si no fuera por las comuniones en abril y mayo, por las bodas y los bautizos, los templos estarían vacíos la mayor parte del año, y a ver cómo justificaban entonces la jerarquía el presupuesto que se llevan del Estado todo los años (al margen del IRPF).
Si a ésas celebraciones les quitamos todo el espectáculo carnavalesco, en más del 80% de los casos no quedaría nada. Si esas celebraciones religiosas tradicionales se limitaran a la expresión del sentimiento religioso, el número de eventos de éstas características se vería drásticamente reducido.
Sean sinceros: tomen una comunión que recuerden con cariño, y quítenle los vestidos de princesita o de almirante; la comida en un restaurante de postín; los regalos y el dinero; y dejen exclusivamente la celebración íntima con los familiares más cercanos, el acto religioso de recibir a Jesús y dos años de catequesis. ¿Qué les queda? Un aburrimiento de mucho cuidado, y una lucha diaria con los niños para convencerles de lo bonito que es hacer la comunión.
Lo mismo ocurre con las bodas: le quitas la despedida de solteros y la fiesta del banquete, y si tenías una lista de 300 invitados, la puedes reducir a 30, con suerte. ¿Porqué ocurre ésto? Pues, en mi opinión, porque éstas celebraciones han perdido el carácter religioso y litúrgico de antaño, primándose el aspecto festivo del evento. Y el aspecto mercantil, también.
Hoy en día, celebrar una boda o una comunión representa un desembolso considerable. Desde los 100 € por cubierto en un restaurante medio decente (un abuso, ¿qué quieren que les diga?) hasta los “donativos” en el templo, que en ocasiones alcanzan incluso los 400 € (y no estoy hablando precisamente de la Catedral de La Almudena, sino iglesias de barrio o ciudad), o el recuerdo gráfico del día, pues hay iglesias que tienen contratada la exclusiva con una empresa en concreto y no te permiten que sea un fotógrafo familiar aficionado, por ejemplo, el que grabe la celebración con todo el cariño del mundo: si quieres las fotos y/o el DVD del evento, tienes que pasar también por caja. Y todos aprovechando la celebración para sacar tajada.
Entre todos han contribuido a convertir una celebración religiosa íntima y tradicional en un carnaval carísimo. Y no me estoy quejando, que conste: como no va conmigo, no me quejo. Simplemente me sorprenden aún más las quejas amargas de los católicos militantes. ¿Qué preferirían? ¿Limitar ésas celebraciones a los católicos practicantes, o reducirlas a su esencia religiosa? ¿Ambas cosas? Me parece bien, allá ellos, no seré yo quien les diga cómo organizarse. Pero deberán ser conscientes de que lo que ésto les va a acarrear. Aunque sospecho que no es éso lo que quieren, sino todo lo contrario: desearían que quienes se casan por la Iglesia, y los invitados que acuden al acto, volvieran a menudo en lugar de limitar su presencia a ésas ocasiones especiales. Pues ya saben lo que tienen que hacer: organizar una fiesta cada domingo, con banquete y música incluidos; igual así consiguen enganchar más fieles. Pero si ni una cosa ni la otra les parecen aceptables, entonces, ¿de qué se quejan?
Su mensaje más integrista cada vez cala menos. Se impone una reflexión profunda si no quieren resignarse a desaparecer en unas pocas generaciones pero, éso sí, pataleando y echándole la culpa al Gobierno. Ya verás la que se va a montar con el tema de la reforma del modelo de financiación de la Iglesia Católica. El subsecretario de Justicia, López Guerra, ha abierto la veda, anunciando que el Gobierno está estudiando aumentar la asignación del 0,5% del IRPF para que la Iglesia se financie exclusivamente con las aportaciones de sus fieles, y el Estado no tenga que añadir una aportación adicional vía Presupuestos Generales del Estado.
Ya han advertido de que no se hará de forma unilateral, sino en una comisión mixta Iglesia-Estado, pero pretenden llevarlo a cabo antes de la negociación de los próximos Presupuestos Generales, en Diciembre, por lo que las negociaciones con la Iglesia en éste sentido tienen que empezar ya. Desde mi punto de vista, la autofinanciación es algo a lo que Iglesia no debería poder negarse, a pesar de haberlo hecho cada vez que se ha puesto el tema encima de la mesa. Admitir que la Iglesia no puede financiarse exclusivamente con la aportación de sus fieles es tanto como cuestionar la influencia social de la Iglesia Católica. Y con lo calentitos que están los ánimos después de las últimas reformas legislativas, y con la intención de sacar a la calle a su base social, ya predigo desde aquí que las reformas destinadas a que la Iglesia se autofinancie van a ser moviditas. Iglesia y Estado no se van a poner de acuerdo y se va a liar gorda. Todavía nos vamos a divertir.

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